viernes, 21 de agosto de 2009

El Siglo: LAS VARIAS CARAS DE LA VIOLENCIA

21- Agosto-2009

Un incidente en la Cámara de Diputados, protagonizado por el diputado UDI Gonzalo Arenas, acaparó buena parte de la información de la semana.

Ocurrió durante la interpelación al ministro del Interior, cuando el "honorable” lo agredió a papelazos en una actitud que mereció un repudio casi unánime. Más allá de la anécdota binominal, lo que quedó en claro es que las relaciones entabladas por la derecha, cualquiera sea el escenario, motivos o pretextos, se hará más tensa a medida que se acerque la hora de las definiciones electorales.

La derecha, a través de la candidatura del empresario Piñera, pretende nada menos que revertir el ritmo de la historia, al intentar su ingreso a La Moneda por la vía electoral, hazaña que no ha repetido desde que en 195 8 - ¡ hace medio siglo! - se instaurara en nuestro país el "gobierno de los gerentes" con Jorge Alessandri.

No está demás consignar que para ganar la Presidencia de la República, en el Chile de hoy, se requiere alcanzar la mitad del electorado, meta que está muy lejos de las posibilidades de un sector social minoritario, por muy bien alimentada que esté su caja electoral, aceitado su aparato comunicacional -con medios periodísticos férreamente controlados y plenamente conscientes de su papel discriminatorio. Y por muy bien aceitado que se halle su control de conciencias populares por las vías del clientelismo y el soborno de conciencias o cohecho disfrazado.

El esfuerzo derechista por "morder" en el terreno del centro político, para lo que son particularmente funcionales los Flores y Schaulsohn, se enfrenta a las posturas más rígidas de la derecha dura, representada por la UDI. En medio de un debate retórico y marcado por la monotonía de consignas no fundadas ni desarrolladas como lo merecería algo llamado "programa de gobierno", los partidos del pinochetismo no han podido ni podrán superar sus agudas contradicciones, nacidas de la inevitable naturaleza de un sistema electoral que ellos mismos crearon para compartir el poder cualquiera sea su efectivo peso electoral. La farandulización de la vida social y política del país, facilitada por los beneficiarios del modelo y funcional a sus intereses, tiene como una de sus expresiones sobresalientes el tono de las polémicas intra-bloques: la disputa por el cupo binominal, aguda en ciertas circunscripciones y distritos, llega a niveles de caricatura que en nada favorecen las pretensiones de recuperar el prestigio de "los señores políticos" de que hablaba Pinochet.

Si bien la Concertación parece haber superado sus múltiples conflictos internos y al menos sus 4 partidos se alinean tras su abanderado Eduardo Frei, no faltan en el bloque oficialista los disensos y las disputas. Al efecto Zaldívar (Adolfo), aunque se mueva en un terreno signado por las indefiniciones, se suma el representado por Carlos Ominami al nivel de las opciones senatoriales y, con mayor evidencia, la candidatura presidencial "por fuera" del diputado Enríquez-Ominami.

Una mirada desde la izquierda

Una evaluación positiva se hace desde la izquierda, en donde las candidaturas parlamentarias de Guillermo Teillier, Lautaro Carmona, Hugo Gutiérrez, Cristian Cuevas y Roberto Celedón, avanzan en medio de despliegues de campañas con activa participación de jóvenes, trabajadores y pobladores, así como de sectores de la tercera edad y grupos comprometidos con problemáticas específicas de la población.

En medio del cerrojo impuesto a y por los medios de comunicación, particularmente los canales de televisión y la llamada "gran prensa", la postulación presidencial de Jorge Arrate avanza a pesar del silencio de las encuestas, forma ésta la más "moderna" de falsificación y manipulación. Y es que no se trata tan sólo de impedir el éxito de la batalla contra la exclusión parlamentaria y bloquear los intentos por restablecer y posicionar una izquierda que represente los legítimos y permanentes objetivos nacionales y populares.

Un objetivo también central sigue siendo el vaciar la campaña presidencial de las llamadas "ideas" y que son, en palabras más simples, los contenidos programáticos que aborden los asuntos centrales que interesan al conjunto de los chilenos. Pocos hablan hoy de "nuestro cobre", no se insiste y argumenta suficientemente y con rigor el papel del Estado, los derechos humanos son algo así como una breve referencia de protocolo, los derechos de los pueblos originarios se tocan también a la hora de los postres, y los diarios sufrimientos de cientos de miles de personas estafadas por empresas constructoras, entre tantos otros asuntos vitales, sólo están en la campaña de la izquierda que levanta la postulación de Jorge Arrate.

Mientras se discute cómo hacer más "progresista" el discurso de los candidatos, se acalla al verdadero progresismo, se silencia u oculta la voz de la izquierda chilena que porta en sus filas -como se dice ahora: en sus genes- los atributos del cambio hacia la democracia auténtica y la justicia social sin apellidos.

El "conflicto" mapuche

Así lo titulan: conflicto. Y los medios y los poderes se hacen uno para justificar la represión contra un pueblo en estado de vigilancia: el pueblo mapuche. Los montajes tienen la vida corta, eso es algo bueno y cierto, al menos en varios casos comprobados.

El tiro en defensa propia resultó ser un disparo por la espalda; el agresor, un j oven que no portaba arma alguna. Asimismo es como se procede, con entero apriorismo, para penalizar cualquiera, o toda, manifestación pública. Así como en todo mapuche se presume un agresor, en toda manifestación popular o pública se presume un germen de disturbios, daños a la propiedad pública y privada, violencia. Y, entonces, el manifestante se convierte, por imperio de la ley -la que quieren aprobar- en un culpable, un delincuente presunto. La prudencia, dicen, impone evitar los hechos y, "como se sabe", más vale prevenir que curar.
Se equivocan, pues, quienes piensan que lo que ocurre en el territorio de la Araucanía está circunscrito a ese estricto territorio y la etnia originaria.
No, señores huincas: cuando se trata de nuestros derechos frente a la prepotencia de un Estado no desprendido de los rasgos policiales que le impuso la dictadura, todos somos mapuches. Todos nos llamamos Lemún, Catrileo y Mendoza Collío.

Entre papelotes volando por las bancadas parlamentarias y los funestos disparos en contra de los compatriotas mapuches, ha transcurrido una semana más de nuestra problemática historia.

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